Habíamos hecho un muy buen trabajo de equipo, era el momento de transmitir ese esfuerzo y dedicación haciendo una buena presentación al cliente. Yo, confieso, siempre me he sentido cómodo hablando en público y, tal vez por eso, me dediqué a crear un ambiente distendido, o eso creía. Mi sorpresa llegó cuando un compañero se quejó diciendo que él necesitaba concentrarse y que con esa actitud le estaba poniendo más nervioso de lo que ya estaba. Le pedí disculpas y permanecí en silencio hasta que empezó la reunión. Eso sí, por dentro me enfadé y tuve este tipo de pensamientos: «A mí no me ha dicho nunca que le costara presentar». «¡Yo no soy adivino!». Durante algún tiempo estuve convencido de que ese enfado no era mi responsabilidad sino el de esa persona, que no había conseguido hacer una petición ni compartir sus miedos. Yo, claro, no tenía culpa de nada. Sin embargo, mi visión cambió cuando me topé con la palabra kikubari, un concepto japonés que nos habla de tener la sensibilidad necesaria como para entender que formamos parte de algo más grande que nosotros mismos y que, en ningún caso, estamos solos. Sí, formamos parte de un equipo y debemos percibir y atender las necesidades de los demás, incluso antes de que surjan. Es gracias al kikubari que se evitan confrontaciones y conflictos y se trabaja para la armonía y la paz de todo el sistema. Porque estás orientado al otro, porque tienes la intuición y la empatía suficientes como para adelantarte a lo que puedan sentir o necesitar los demás, sin que tengan que pedirlo, incluso. Alguien que tiene kikubari genera un buen ambiente y se encarga, en caso de que ya se esté dando, de mantenerlo. Es verdad que en Occidente es más común la reacción que yo tuve, es decir, excusarme por mi falta de dotes de adivinación. Pero es que no se trata de eso, sino de prestar atención y dirigir nuestra energía a comprender qué pueden estar sintiendo los demás y en qué puedo ayudarles, incluso antes de que me lo pidan. Es empatía. Es amabilidad anticipatoria. Es tener, o no, kikubari.
